| EJE | ALIADOS |
| Alemania | Gran Bretaña |
| Italia | Francia |
| Japón | URSS (1941) |
| Hungría, Bulgaria, Rumanía y Eslovaquia | Estados Unidos (1945) |
viernes, 1 de abril de 2011
Alianzas enfrentadas
El expansionismo de Japón
Otro de los escenarios de la crisis de las relaciones internacionales en los años 30’ fue Asia y el área del Pacífico. De hecho Japón fue el primer país que desafió al sistema de seguridad colectiva.
Japón estaba profundamente afectado por la crisis económica a comienzos de los años 30’ y se lanzó a una política expansionista sobre su vecina China como remedio a sus graves problemas. En 1931 ocupó militarmente Manchuria y en 1932 anunció la constitución de un Estado satélite, Manchukuo. Ante estos hechos, las potencias apenas reaccionaron.
Entre 1932 y 1937, ante la falta de respuesta internacional Japón se dispuso a conquistar China y todo el sudeste asiático. En 1937, aprovechando un incidente en Pekín, dirigió un ultimátum al gobierno chino e inició la guerra de conquista de su propio “espacio vital”. Británicos y estadounidenses se limitaron a emitir protestas formales y abandonaron apresuradamente China, mientras la Sociedad de Naciones ni declaró Estado agresor a Japón ni le impuso sanciones.
El camino hacia la guerra

Reforzados los lazos entre Alemania, Italia y Japón, Hitler tomó la iniciativa a finales de 1937. El temor de las democracias a la guerra les llevó a una política de apaciguamiento, que intentaba evitar la guerra haciendo determinadas concesiones que “calmaran” a los dictadores.
Desde 1937 hasta 1939, año del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Alemania llevó a cabo la ampliación de sus fronteras por la fuerza, lo que provocó el estallido de la contienda.
A fines de 1937, Hitler planeó una serie de acciones que permitirían al Reich la incorporación de algunos territorios fuera de sus fronteras, territorios que, a pesar de estar poblados por germanos, nunca habían pertenecido a Alemania. Se trataba de Austria y de la región de los Sudetes, en Checoslovaquia.
Estos planes expansionistas de Hitler, fueron recogidos en el famoso protocolo Hossbach. El dictador planteó que para conseguir la autarquía y el rearme era necesario aplicar drásticamente la idea del “espacio vital”: Alemania necesitaba nuevos territorios para satisfacer las necesidades de materias primas para su industria bélica y alimentos para su población. En esta política expansionista estaba previsto el recurso a la guerra.
Tras los éxitos diplomáticos de Hitler y ante la débil respuesta de las democracias occidentales, en marzo de 1938 el ejército alemán entró en Austria y Hitler proclamó el Anschluss, o incorporación de Austria al Reich, hecho expresamente prohibido por el Tratado de Versalles. Esta nueva vulneración del tratado obtuvo una escasa protesta internacional. Acto seguido, Hitler anunció la celebración de un plebiscito que ratificó la anexión de Austria al Reich. La unión con Alemania tuvo el apoyo del 99,73% del electorado. Si bien el resultado no fue manipulado, sí lo había sido todo el proceso electoral. Para empezar, no había voto secreto y la papeleta se tenía que rellenar delante de los oficiales de las SS para entregársela después a estos en sus manos, en lugar que el elector la introduzca en una urna. En dicha papeleta aparecía al centro un círculo muy grande donde poner "sí", y otro más pequeño a la derecha donde poner "no", incitando claramente el voto a favor de los nazis. Además no hubo campaña posible a favor del "no".
El paso siguiente fue Checoslovaquia por la cuestión de los alemanes en los Sudetes, una región rica en minas e industrias. La población germana constituía una minoría que la propaganda nazi presentaba como perseguida por las autoridades checas. El partido pronazi Partido Alemán de los Sudetes reclamó su anexión al II Reich. Las amenazas de Hitler de intervenir surtieron efectos, concentró soldados en la frontera y exigió la incorporación de la región a Alemania. Checoslovaquia se opuso evidentemente a ceder esta región a Alemania, y contó con el apoyo de Francia. Sin embargo, nuevamente las democracias occidentales respondieron débilmente a esta amenaza.
A instancias de Mussolini se reunió la Conferencia de Munich, en septiembre de 1938, en la que participaron Italia, Alemania, Gran Bretaña y Francia. El acuerdo de Munich fue un triunfo total para Hitler, ya que los formantes del acuerdo final aceptaron la incorporación de los Sudetes al Reich. Logró además evitarse la guerra, que era lo que querían las democracias occidentales, pero fue a costa de nuevos éxitos nazis.
A pesar de todo esto, la cuestión checoslovaca no va acabar aquí. Pocos meses después el ejército alemán invadió Checoslovaquia en marzo de 1939 dividiendo el país: las regiones de Bohemia y Moravia se convirtieron en un protectorado alemán, mientras que Eslovaquia alcanzaba la independencia como país satélite de Alemania. Con este hecho, Hitler demostró que la creación de la Gran Alemania no satisfacía sus deseos expansionistas. Con la anexión de poblaciones no alemanas comenzaba la conquista del “espacio vital”. Del mismo modo, la anexión de Checoslovaquia puso en evidencia el estrepitoso fracaso de la política de apaciguamiento practicada por Reino Unido y Francia.
Vídeo
La colaboración entre los Estados fascistas
Una política muy semejante a la alemana estaba practicando la Italia fascista. Las ansias imperiales de Mussolini se habían hecho realidad con la conquista de Etiopía (abisinia) entre 1935 y 1936. La Sociedad de Naciones a instancias del Reino Unido, condenó la intervención italiana con sanciones financieras y económicas, hecho que provocó el acercamiento de Italia a Alemania frente a las democracias y el abandono de la Sociedad de Naciones. Italia, también amplió sus límites a Libia.
Alemania dejó de estar aislada en Europa y retomó la iniciativa. En 1936 Hitler ordenó la ocupación de la zona desmilitarizada de la Renania, en la frontera con Francia, algo que nuevamente violaba los acuerdos establecidos en el Tratado de Versalles. El gobierno francés se planteó emprender acciones militares contra Alemania, pero Gran Bretaña no apoyó esta iniciativa. Ante estos hechos, las democracias habían dejado pasar la ocasión de detener a Hitler, y la debilidad que demostraban contrastaba con la agresividad y los éxitos nazis.
Las potencias europeas aceptaron la situación y, en cierto modo, subestimaron la capacidad militar alemana. La pasividad de las democracias fue claramente percibida por Hitler y Mussolini como una prueba de debilidad ante una política de hechos consumados.
El estallido de la Guerra Civil Española en julio de 1936 puso una vez más en evidencia la debilidad de las democracias occidentales. En agosto se logró un acuerdo de no intervención que fue firmado por 25 países, entre los cuales estaban Alemania, Italia y la URSS. El acuerdo, como todos sabemos, pronto se convirtió en un “papel mojado”, pues la Alemania nazi y la Italia fascista ayudaron con tropas y material bélico a los militares sublevados contra el régimen legítimo establecido, la república, la cual, recibió la ayuda de la URSS con armas y técnicos.
Por otra parte, la Guerra Civil Española (1936-1939) facilitó la alianza entre Hitler y Mussolini que, en octubre de 1936, forjaron una alianza bautizada como el “Eje Roma-Berlín”. Poco después, en noviembre, Alemania y Japón firmaron el Pacto Antikomintern contra la URSS, al que se adhirieron Italia y la España de Franco en 1937. De esta manera, Alemania iba construyendo un sistema de alianzas con las naciones de ideologías similares.
Las primeras iniciativas del nazismo
La política exterior nazi tuvo como primer objetivo la revisión del Tratado de Versalles. Entre 1933 y 1939, Hitler llevó a cabo una hábil política de agresiones y apaciguamientos que le permitió vulnerar todos los acuerdos internacionales y, al mismo tiempo, llevar a la práctica la expansión territorial del Reich. Paso a paso, Hitler fue incumpliendo los cláusulas del Tratado de Versalles que limitaban la capacidad militar alemana, y la muestra de ello la encontramos en la Conferencia de Desarme de 1932-1933 reunida en Ginebra. En esta conferencia se reconoció a Alemania el principio de igualdad de derechos, pero a pesar de eso no hubo entendimiento con Hitler y Alemania abandonó la Sociedad de Naciones. El fracaso del diálogo confirmó la voluntad de Hitler de no someter a ningún arbitraje la cuestión del rearme alemán.
El dictador alemán proyectaba dominar toda Europa. Primer había que crear un gran Estado nacionalsocialista de base racial (Gran Reich) más allá de las fronteras fijadas en Versalles. A continuación se le dotaría de un “espacio vital” a través del expansionismo y la guerra, por tanto, contar con un potente ejército era prioritario (rearme).
En 1935 comenzó la política agresiva y expansionista de Hitler y se anexionó el Sarre tras la celebración de un plebiscito en el que la población se manifestó partidaria de su incorporación a Alemania. Inmediatamente después, el gobierno nazi anunció su propósito de restablecer el servicio militar obligatorio, de constituir un ejército de 36 divisiones y crear una fuerza aérea, la Luftwaffe.


